Notas el desánimo. Algo empieza a desaturar los colores de tu realidad desplazándolos hacia un gris insípido. No hay nada que puedas hacer, al menos por ahora. Los ideales que ayer te estremecían y te levantaban, hoy resuenan, a lo lejos, como ecos pasados. Las risas, la música, la compañía y los proyectos ahora descansan serenos, pausados, en un anaquel de tu alma. Sabes que no pasa nada, que como ocurre siempre en el valle de la ola, pasará.
Y con sutileza se alzan ciertas fantasías, destellos de imaginación que colorean un lienzo envejecido. La brisa viene afilada esta tarde. De un lado un madero solitario y abandonado, clavado hasta la raíz de la tierra, y de otro, un narcótico accesible que te atrae. Prefieres dormir y despertar transformado: mañana será otro día. Es mejor dormir y —quién sabe— soñar. Pero el trozo de madera abandonado sigue ahí: eterno, sólido y real.
No es la belleza de lo real, hoy dolorosa, sino la nostalgia de otros tiempos la que te rodea melíflua en un abrazo de plástico.
Hoy no redoblan tambores. El mundo empieza a dormir —algunos llevan años—, ajeno a las torres que se desmoronan. El viento arrecia. La luz cae. Las fuentes, antaño claras, hoy manan turbias e impuras. Es tan tentador el narcótico... vivir como si no existiera. Vivir en la brisa pegada a la tierra que me llama.
Pero el madero sigue erguido, hacia el cielo.
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