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El precio de la tolerancia

La tolerancia, predicada por doquier, es realmente espinosa. Creo que es mucho más sencillo cerrar las puertas y enrocarse en las propias creencias y opiniones; defendiéndose y atacando, si es posible, al que piensa diferente. “Tolerancia” y sus derivados pertenecen a ese conjunto de palabras bonitas e ideales al que aspira la sociedad actual, pero a poco que se mire con profundidad, resultan conceptos incómodos y —en cierta manera— vaciados.

La tolerancia asume que pueden y deben convivir —e incluso entenderse— posturas opuestas. Eso no significa renunciar a las posiciones de cada cual, ni mucho menos al derecho de pensar que las propias creencias son las que encajan mejor en el mundo que vivimos. Sino asumir y aceptar que el pensamiento de otras personas se pueden dirigir en otra dirección, sin que sus motivaciones últimas sean perversas.

Esto implica evitar los juicios de valor sobre nuestro interlocutor (ad hominem), y saber separar la opinión de la persona, asumendo que hay sitio para todos: que existen derecha e izquierda, arriba y abajo, dentro y fuera... y todo con matices. Se puede expresar, defender y actuar sobre algo que no está bien; pero no creo que sea lícito atacar, aislar, silenciar, insultar o agredir al que lo piensa.

Por eso es más sencillo el insulto y la cerrazón. Es más cómodo poner etiquetas simplistas y ofensivas, recurrir a eslóganes belicosos y recurrir al arma infalible de la división. Esto subordina la comunión a la egolatría, eliminando cualquier posibilidad de la cultura del encuentro y del diálogo constructivo.


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